Enclavado en el centro de Venezuela, sobre el corazón de la faja petrolífera del Orinoco, área geográfica de cuyo patrimonio depende el futuro energético y mineral del planeta, se encuentra un pueblo que hoy despierta para tomar conciencia de su potencial humano.
Allí, al costado norte de la carretera nacional se erige en medio del abrasador clima del verano llanero, un remanso dedicado a la contemplación y al uso libre de las energías superiores del espíritu en medio de una colectividad humana usualmente dedicada al trabajo agotador que imprime a su vida la constante domesticación de fuerzas telúricas que mueven las máquinas de un mundo contemporáneo que le es, no obstante; tan lejano.
Trabajadores de oleoductos y tuberías, operadores de taladros y de winches, ingenieros de la esperanza, extractores de sueños, mecánicos del subsuelo, artífices de las alegrías “el llanero es del tamaño de su compromiso”, suelen decir y nunca se ha sabido que temieran un reto.
Erigen torres eléctricas mas altas que las catedrales, hunden sus manos hasta las profundidades tectónicas de la joven Tierra, marchan hacia precámbricos fósiles oceánicos sepultados del tiempo para volver con el pan de los volcanes.
Poco tiempo les queda para admirar, poco tiempo de solaz, poco para la ternura, porque el astro sobre el cual nacieron les reclama su floración de aceites, su cosecha en los socavones, su primavera eternal. Milagro es que a la vera del camino fortuitamente se detengan, y suelen hacerlo, para preguntarse cuan hermoso puede ser aquello que no entienden, cada vez que se tropiezan en su camino trafagoso, con el Museo de Escultura Contemporánea de Pariaguán.
Bajo la sombra de sus árboles suelen venir a descansar. Se los ve, cuando perdida la mirada, tras el silencio de la brisa, un cosmos de presencias arcaicas emerge ante sus ojos en la espesura cercana y entonces las esculturas en acero de Marcos oscilan como visitantes furtivos recién llegados desde la noche, la esfera de Azuaje predice el nacimiento de un ser gigantesco, el metal escultórico de Reyes emprende nocturno vuelo hacia las estrellas mientras un acero de Terán levita a su lado y en el corte sagital de un ovoide en cemento y hierro de Gutiérrez ebullece interiormente un mundo.
Se los ve venir de lejos, como de un sueño y preguntarse cómo puede ser tan liviano y hermoso lo que es tan pesado y, del mismo modo que cuando tiramos del borde de un tejido se mueve todo con él, sabemos que el llanero ha llegado a las puertas de la pesantez como discurso estético complejo, que ha llegado a los umbrales de la escultura y es allí, entre los trabajadores y los obreros, forjadores de la Tierra futura; que acertamos en el comienzo para el desenvolver la tarea, tan grande como nuestro compromiso, de aportar una institución capaz de llevar a buen puerto el potencial que en ellos hemos suscitado.
Hoy, el Museo de Escultura Contemporánea de Pariaguán es una institución especialmente consagrada a las artes tridimensionales que cuenta con diez mil metros cuadrados de superficie expositiva al aire libre dotada de caminería, grama, bancos, vegetación paisajística, dotada con los servicios actualizados los cuales permiten cumplir con el objetivo de difundir los contenidos conceptuales de su patrimonio mediante visitas guiadas, conferencias, simposios, talleres, intercambios artísticos nacionales e internacionales.
El Museo posee una infraestructura actualmente instalada capaz de acoger expresiones conexas tales como la pintura, dibujo, video arte, arte corporal, e instalaciones entre otras.
La extensión disponible se ve hoy aumentada con la incorporación mediante compra por parte del Sr. Eduardo Azuaje de unos 500 mts2 de terreno anexados al espacio original, lo cual acrece la capacidad expositiva haciendo posible instalar las obras de artistas ahora disponibles en maquetas, las de aquellos quienes nos han solicitado su participación y del mismo modo a quienes cursamos invitaciones para este propósito tales como el maestro Guillermo Abdala, Alberto Cavalieri, Eduardo Molina, Alí González y Rubén Márquez entre otros. No huelga decir que, al encontrarse bajo el cuido diligente de la comunidad que la acoge, disponiendo del conocimiento para su conservación apropiada y con la necesaria ordenación para su acceso, el Museo garantiza la seguridad apropiada.
Allí, al costado norte de la carretera nacional se erige en medio del abrasador clima del verano llanero, un remanso dedicado a la contemplación y al uso libre de las energías superiores del espíritu en medio de una colectividad humana usualmente dedicada al trabajo agotador que imprime a su vida la constante domesticación de fuerzas telúricas que mueven las máquinas de un mundo contemporáneo que le es, no obstante; tan lejano.
Trabajadores de oleoductos y tuberías, operadores de taladros y de winches, ingenieros de la esperanza, extractores de sueños, mecánicos del subsuelo, artífices de las alegrías “el llanero es del tamaño de su compromiso”, suelen decir y nunca se ha sabido que temieran un reto.
Erigen torres eléctricas mas altas que las catedrales, hunden sus manos hasta las profundidades tectónicas de la joven Tierra, marchan hacia precámbricos fósiles oceánicos sepultados del tiempo para volver con el pan de los volcanes.
Poco tiempo les queda para admirar, poco tiempo de solaz, poco para la ternura, porque el astro sobre el cual nacieron les reclama su floración de aceites, su cosecha en los socavones, su primavera eternal. Milagro es que a la vera del camino fortuitamente se detengan, y suelen hacerlo, para preguntarse cuan hermoso puede ser aquello que no entienden, cada vez que se tropiezan en su camino trafagoso, con el Museo de Escultura Contemporánea de Pariaguán.
Bajo la sombra de sus árboles suelen venir a descansar. Se los ve, cuando perdida la mirada, tras el silencio de la brisa, un cosmos de presencias arcaicas emerge ante sus ojos en la espesura cercana y entonces las esculturas en acero de Marcos oscilan como visitantes furtivos recién llegados desde la noche, la esfera de Azuaje predice el nacimiento de un ser gigantesco, el metal escultórico de Reyes emprende nocturno vuelo hacia las estrellas mientras un acero de Terán levita a su lado y en el corte sagital de un ovoide en cemento y hierro de Gutiérrez ebullece interiormente un mundo.
Se los ve venir de lejos, como de un sueño y preguntarse cómo puede ser tan liviano y hermoso lo que es tan pesado y, del mismo modo que cuando tiramos del borde de un tejido se mueve todo con él, sabemos que el llanero ha llegado a las puertas de la pesantez como discurso estético complejo, que ha llegado a los umbrales de la escultura y es allí, entre los trabajadores y los obreros, forjadores de la Tierra futura; que acertamos en el comienzo para el desenvolver la tarea, tan grande como nuestro compromiso, de aportar una institución capaz de llevar a buen puerto el potencial que en ellos hemos suscitado.
Hoy, el Museo de Escultura Contemporánea de Pariaguán es una institución especialmente consagrada a las artes tridimensionales que cuenta con diez mil metros cuadrados de superficie expositiva al aire libre dotada de caminería, grama, bancos, vegetación paisajística, dotada con los servicios actualizados los cuales permiten cumplir con el objetivo de difundir los contenidos conceptuales de su patrimonio mediante visitas guiadas, conferencias, simposios, talleres, intercambios artísticos nacionales e internacionales.
El Museo posee una infraestructura actualmente instalada capaz de acoger expresiones conexas tales como la pintura, dibujo, video arte, arte corporal, e instalaciones entre otras.
La extensión disponible se ve hoy aumentada con la incorporación mediante compra por parte del Sr. Eduardo Azuaje de unos 500 mts2 de terreno anexados al espacio original, lo cual acrece la capacidad expositiva haciendo posible instalar las obras de artistas ahora disponibles en maquetas, las de aquellos quienes nos han solicitado su participación y del mismo modo a quienes cursamos invitaciones para este propósito tales como el maestro Guillermo Abdala, Alberto Cavalieri, Eduardo Molina, Alí González y Rubén Márquez entre otros. No huelga decir que, al encontrarse bajo el cuido diligente de la comunidad que la acoge, disponiendo del conocimiento para su conservación apropiada y con la necesaria ordenación para su acceso, el Museo garantiza la seguridad apropiada.


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